13/05/2026
En ocasiones, la inmediatez de una noticia y la urgencia por contarla provocan que, tras el impacto inicial, quede una sucesión inconexa de datos y opiniones. En esta ocasión, queremos detenernos, tomar distancia y analizar con perspectiva un acontecimiento que generó un gran ruido mediático.
En este artículo, abordaremos la erupción del Volcán Tajogaite, ocurrida en La Palma en 2021, acontecimiento que durante meses ocupó titulares y retransmisiones en directo. Para entender qué ocurrió y el riesgo volcánico que existe, contamos con la visión de Pablo J. González, investigador científico y jefe del Departamento de Ciencias de la Vida y de la Tierra del Instituto de Productos Naturales y Agrobiología (IPNA‑CSIC), en San Cristóbal de La Laguna.
Un riesgo real, pero muy localizado
El riesgo volcánico en España es real, pero geográficamente muy desigual. Se concentra casi por completo en Canarias, donde cuatro islas —Tenerife, La Palma, El Hierro y Lanzarote— presentan una peligrosidad de erupciones alta. Sin embargo, el riesgo volcánico en Tenerife es uno de los más altos del mundo, debido al mayor tamaño de su economía y población. En este contexto geológico, la erupción del Tajogaite en 2021 no fue excepcional. El registro histórico indica que Canarias está expuesta, en promedio, a una erupción cada cuatro décadas.
La clasificación de volcanes por su actividad es aún debatida, pero el consenso científico actual considera activos a aquellos con erupciones datadas dentro de los últimos 11.700 años. Siguiendo este criterio, Canarias concentra casi todos los volcanes activos de España. Entre ellos destacan el complejo volcánico central y las tres dorsales de Tenerife, la dorsal de Cumbre Vieja en La Palma, así como los sistemas volcánicos de El Hierro y Lanzarote. Por el contrario, La Gomera puede considerarse volcánicamente extinta.
En la península ibérica existe también un territorio volcánico relevante: el campo monogénico de La Garrotxa, cuya historia eruptiva es comparable a la de algunas islas canarias con menor actividad reciente. El número de volcanes en España dependería de qué definición se utilice, pero el potencial eruptivo relevante se concentra en Canarias.
En Tenerife, además, coexiste este estilo eruptivo dominante con la actividad menos frecuente del sistema volcánico central de Teide-Pico Viejo, que podría producir episodios explosivos más energéticos, aunque son menos probables.
Qué tipo de erupciones pueden producirse y qué efectos tienen
En España dominan las erupciones de tipo estromboliano, caracterizadas por la emisión de coladas de lava, piroclastos y episodios explosivos moderados. Estas erupciones generan campos cubiertos por lava solidificada, acumulaciones de bombas volcánicas y depósitos de ceniza.
Cerca de los centros eruptivos pueden producirse caídas de bombas con trayectorias balísticas, mientras que también se registran emisiones de gases como dióxido de azufre (SO₂) o dióxido de carbono (CO₂). En algunos casos pueden aparecer fases freatomagmáticas —cuando el magma entra en contacto con agua— que generan cenizas más finas y una mayor explosividad.
Los impactos para la población se pueden ordenar por severidad. El más grave, aunque poco frecuente, es la destrucción de viviendas por el avance de coladas de lava. Las más habituales son las afecciones temporales por gases y cenizas, que condicionan la movilidad, la salud respiratoria y la vida cotidiana. A esto se suma también el impacto psicológico derivado de la sismicidad y explosiones, cuyas vibraciones son percibidas por amplios sectores de la población y generan ansiedad incluso cuando no existe peligro estructural.
Para afrontar estos riesgos, las autoridades deben contar con planes sectoriales que contemplen vivienda, movilidad —incluido el turismo—, infraestructuras de transporte de agua y energía y redes de telecomunicaciones.
La erupción de La Palma demostró la gran relevancia de la caída de ceniza, porque amplía el radio de afectación: degrada la calidad del aire, afecta a la salud y compromete la continuidad económica de numerosos servicios y negocios. Una erupción volcánica es, en esencia, un shock social. Cuando la emergencia se prolonga durante semanas o meses, sus efectos se profundizan y se vuelven más complejos de gestionar, tanto en el plano material como emocional.
El impacto más devastador es la pérdida total de los hogares por el avance de las coladas, un proceso lento y angustioso que genera gran incertidumbre. La volcanología moderna puede delimitar con bastante precisión las zonas máximas de inundación conociendo la ubicación de las bocas y la topografía, pero la duración de la erupción y el volumen emitido siguen siendo variables muy inciertas. Son estos dos factores los que controlan realmente cuándo y hasta dónde avanzará la lava y, por eso, aún resulta difícil prever con precisión el ritmo del avance.
Vigilancia volcánica, gestión de emergencias y límites de la predicción
En España, la vigilancia volcánica y sus alertas corresponde al Instituto Geográfico Nacional (IGN). Sus sistemas de monitorización son multiparamétricos e incluyen redes sísmicas, redes de control de deformación del terreno y muestreos geoquímicos en gases o aguas subterráneas. El seguimiento continuo de estos parámetros, junto con el conocimiento derivado del estudio de erupciones pasadas, permite reconocer e interpretar patrones precursores de actividad volcánica.
En Canarias se cuenta con el Plan de Emergencia conocido por sus siglas, el PEVOLCA. Su activación implica el despliegue de medidas como: información a la población, preparación de rutas de evacuación, protección de infraestructuras, logística para albergue y atención social. En fase eruptiva, se aplican perímetros de seguridad, control de calidad del aire y acceso escalonado a zonas evacuadas. El Gobierno de Canarias aúna en el Plan Especial de Protección Civil y Atención de Emergencias por Riesgo Volcánico en Canarias (PEVOLCA), el asesoramiento científico, las medidas de protección civil y las actuaciones de las autoridades locales para la toma de decisiones.
Pero ¿qué grado de anticipación puede ofrecer actualmente la ciencia y qué limitaciones existen? La predicción de erupciones sigue siendo incierta. Estudios recientes indican que, incluso con redes de vigilancia muy densas, la tasa de acierto rara vez supera el 50%. Esto sugiere que la limitación principal no está solo en los instrumentos, sino en nuestra comprensión incompleta del proceso eruptivo. Para avanzar, no basta con mantener las redes actuales: es necesario invertir mucho más en personal investigador, en su capacidad para realizar experimentos y en ciencia básica que permita entender por qué un sistema volcánico erupciona cuando lo hace. Sin ese conocimiento, la capacidad predictiva difícilmente mejorará.
Planificación territorial y cultura preventiva
La clave está en una ordenación territorial y planificación que reduzcan la exposición:
- evitar núcleos urbanos en zonas de alta peligrosidad,
- ubicar desarrollos fuera de estas zonas y
- diseñar servicios críticos con criterios de resiliencia y redundancia.
En Canarias esto es difícil porque se ha heredado un modelo de ocupación muy disperso, que incrementa la vulnerabilidad y el riesgo.
Tampoco ayuda que los estudios geológicos detallados para mejorar los mapas de peligrosidad no se consideren prioritarios. Hoy se invierte sobre todo en redes instrumentales y planes de emergencia, pero el conocimiento sobre escenarios eruptivos posibles y probables —derivado del estudio de erupciones pasadas— sigue siendo muy limitado. Esta falta de base afecta a la eficacia real de las rutas de evacuación, los protocolos para personas vulnerables y la continuidad operativa de muchos servicios.
Tras la erupción de 2021 en La Palma se han producido algunos avances. En Canarias la población conoce mejor las alertas del semáforo volcánico y los efectos de gases y cenizas, y la coordinación técnica dentro del PEVOLCA ha mejorado. Sin embargo, aún queda camino para consolidar una cultura preventiva.
Entre las medidas necesarias figuran integrar las actualizaciones de mapas de peligrosidad en la planificación urbanística, reforzar la educación ante riesgos geológicos desde etapas escolares, estandarizar los mensajes de alerta y realizar simulacros periódicos —como el llevado a cabo en Garachico en Tenerife en septiembre de 2025—. A ello se suma la necesidad de fortalecer la resiliencia económica mediante seguros, el registro de propiedades para facilitar futuras ayudas y reconstrucciones mejor planificadas durante emergencias.
España está razonablemente preparada en vigilancia y respuesta —especialmente en Canarias—, pero el siguiente salto pasa por reforzar la inversión en ciencia y conocimiento para avanzar hacia una anticipación más efectiva del riesgo volcánico.
Ha colaborado en este artículo…

Pablo J. González (La Orotava, 1978) es investigador científico y jefe del Departamento de Ciencias de la Vida y de la Tierra del IPNA-CSIC, en La Laguna (Tenerife). Desde 2022 dirige la Estación Volcanológica de Canarias, el grupo de investigación en volcanología más longevo del archipiélago canario, fundado en 1983. El Dr. González representa al CSIC en el comité científico asesor del PEVOLCA.
Con más de veinte años de trayectoria, ha publicado más de 75 artículos científicos internacionales, incluidos trabajos en revistas como Science, Nature y Nature Geoscience, y ha editado tres libros especializados en volcanología y geodinámica. En 2020 fue galardonado con una beca Leonardo de la Fundación BBVA, que reconoce a investigadores y creadores menores de 45 años con trayectorias destacadas. Su investigación se centra en la dinámica interna de los volcanes y la mejora de los sistemas de vigilancia volcánica, con contribuciones relevantes en las erupciones recientes de El Hierro y La Palma.



