13/10/2026
La dimensión de un evento y la urgencia por darlo a conocer pueden hacer que, tras el impacto inicial, quede un cúmulo de noticias y opiniones difícil de interpretar. En esta ocasión, queremos detenernos, tomar distancia y analizar un acontecimiento que generó un gran ruido mediático.
La DANA que azotó el Levante español en octubre de 2024 fue un episodio meteorológico excepcional. En determinados puntos se registraron los 185 l/m2 en una hora y los 770 l/m2 en 24 horas. El carácter estacionario del sistema de tormentas hizo que las precipitaciones persistieran durante horas, generando caudales que superaron ampliamente los periodos de retorno habitualmente considerados.
Sin embargo, la magnitud del fenómeno meteorológico no explica por sí sola que se convierta en una catástrofe. Sus consecuencias también están condicionadas por el territorio sobre el que impacta, la ordenación del terreno y la capacidad de anticipación y respuesta. Un fenómeno natural extremo puede convertirse en una catástrofe cuando coincide con un territorio expuesto y vulnerable.
La DANA dejó graves daños en viviendas, carreteras, redes de transporte y otras infraestructuras esenciales. Junto a Víctor Yepes Piqueras, catedrático en el área de Ingeniería de la Universitat Politècnica de València (UPV), analizamos qué ocurrió, qué factores agravaron sus efectos y qué podemos aprender de ello.
El territorio también forma parte del riesgo
Como explica Yepes, la principal vulnerabilidad del territorio no respondió a un único factor, sino a la combinación de una elevada exposición de la población, las actividades económicas y las infraestructuras en zonas potencialmente inundables, junto con las características de la red de drenaje y de transporte y la extraordinaria magnitud de la avenida.
En comarcas como l’Horta Sud, el crecimiento urbano e industrial acumulado durante décadas ocupó parte de las llanuras de inundación naturales y de los cauces secos de las ramblas. Este proceso también supuso sustituir superficies vegetadas por otras impermeables, favoreciendo una respuesta más rápida de la escorrentía y reduciendo la infiltración del agua.
Las propias infraestructuras pueden alterar el comportamiento hídrico. Algunos puentes con pilares situados en el cauce o determinados terraplenes de carreteras y ferrocarriles pueden generar estrechamientos locales. Si además se acumulan vegetación, sedimentos, vehículos, escombros u otros materiales arrastrados por el agua, la sección disponible puede reducirse temporalmente y aumentar los niveles aguas arriba.
Para analizar cómo se producen estos daños, el experto propone aplicar el llamado “modelo de queso suizo”, una representación utilizada en el análisis de riesgos que plantea que los impactos graves pueden producirse cuando varias debilidades coinciden en distintas capas de protección. En este episodio confluyeron factores territoriales e hidráulicos preexistentes con circunstancias propias de la emergencia.
Entre ellos se encuentran las características de determinadas cuencas, con tiempos de respuesta rápidos y capacidad hidráulica limitada ante episodios extraordinarios. La respuesta también puede ser diferente en infraestructuras destinadas a regular o conducir caudales, como el nuevo cauce del Turia o la presa de Forata en el río Magro, cuya contribución concreta debe analizarse a partir de sus condiciones de funcionamiento y de los caudales registrados.
A los factores físicos se añadieron otros relacionados con la transmisión de la información y la percepción del riesgo, como las limitaciones de los sistemas de alerta temprana y el nivel de conocimiento del peligro por parte de la población.
Cuando los registros históricos no son suficientes
Esta perspectiva también plantea preguntas sobre las herramientas que utilizamos para calcular el riesgo. Una de las principales tiene que ver con la llamada estacionariedad climática: la idea de que los datos y registros del pasado permiten estimar con suficiente precisión la frecuencia e intensidad de los fenómenos futuros. En un contexto de cambio climático, esta suposición puede dejar de ser adecuada para determinados tipos de análisis.
Los periodos de retorno utilizados habitualmente tampoco reflejan necesariamente todas las situaciones que puede provocar un clima cambiante. El episodio plantea además la necesidad de representar mejor aquellas situaciones en las que lluvias extremas llegan después de varios episodios de precipitación que ya han saturado el suelo, favoreciendo aumentos rápidos del caudal.
También resulta necesario prestar más atención a la geomorfología de los abanicos y llanuras aluviales mediterráneos. En estas zonas, el agua no siempre sigue el comportamiento de un gran río: el cauce puede perder capacidad a medida que avanza y el agua desbordada puede buscar otros recorridos y circular por cauces secundarios.
A esta complejidad se suman las interacciones entre el agua y las infraestructuras. Los modelos pueden tener dificultades para representar con suficiente detalle lo que ocurre cuando vehículos, sedimentos, vegetación o escombros se acumulan en puentes y pasos inferiores. La modelización hidráulica posterior a la DANA muestra precisamente la utilidad de analizar no solo la extensión de la inundación, sino también su dinámica, velocidades, calados y la interacción con las principales infraestructuras de transporte.
La experiencia apunta también a aprovechar mejor los datos disponibles durante una emergencia. Una red de medición como el SAIH proporciona información valiosa que podría integrarse con modelos hidráulicos capaces de transformar la precipitación y los caudales en mapas dinámicos de inundación y facilitar la gestión en tiempo real.
El análisis del riesgo no debería centrarse únicamente en cada infraestructura de forma aislada. Los sistemas de electricidad, agua, telecomunicaciones y transporte están conectados entre sí, de modo que la interrupción de uno puede afectar al funcionamiento de los demás. Identificar estas posibles cadenas de efectos es fundamental para preparar mejor tanto la respuesta ante una emergencia como la recuperación posterior.
Diseñar para todo tipo de escenarios posibles
Otra de las lecciones extraídas de la DANA es que una infraestructura no debería evaluarse únicamente en las condiciones para las que fue diseñada. Es necesario analizar también cómo se comportaría cuando el fenómeno supera esas hipótesis, qué funciones podría mantener y cuáles serían sus posibles modos de fallo.
Esto resulta especialmente relevante porque muchas infraestructuras tienen vidas útiles de varias décadas. Diseñarlas únicamente a partir de las condiciones históricas puede no ser suficiente si las condiciones climáticas futuras son diferentes. Una posible vía es avanzar hacia criterios de Diseño Basado en el Desempeño y hacia una modelización probabilística del riesgo, revisando periódicamente las curvas de intensidad-duración-frecuencia y las hipótesis de diseño a medida que se disponga de nuevos datos.
El objetivo no debería ser únicamente que una estructura resista un determinado episodio, sino que pueda conservar, en la medida de lo posible, sus funciones esenciales y recuperarlas rápidamente después de una emergencia.
Esto obliga también a mirar las infraestructuras como un sistema. Electricidad, agua, telecomunicaciones y transporte están interconectados, por lo que el fallo de uno puede dificultar el funcionamiento o la recuperación de otros. El riesgo debe incorporar, por tanto, posibles efectos en cascada y los tiempos necesarios para recuperar los servicios.
Devolverle espacio al agua
La ingeniería dispone de distintas herramientas para reducir el riesgo: presas y balsas, obras de drenaje, cauces de emergencia, infraestructuras de protección, entre otras. Pero no existe una infraestructura capaz de garantizar por sí sola la seguridad ante cualquier avenida. De ahí la importancia de un concepto repetido por el experto: devolverle espacio al agua (o dar espacio al río). Significa recuperar, cuando las condiciones del territorio lo permiten, lugares donde el agua pueda circular, extenderse o almacenarse temporalmente en lugar de intentar contenerla siempre dentro de un cauce.
En la práctica, puede traducirse en recuperar zonas inundables, ampliar determinados espacios fluviales, crear parques inundables, mejorar la permeabilidad del suelo o utilizar Sistemas Urbanos de Drenaje Sostenible (SUDS). Estas medidas pueden combinarse con las infraestructuras tradicionales; no se trata de sustituir unas por otras, sino de configurar distintas capas de protección.
Pero limitarse a las estructuras hidráulicas tradicionales puede generar una falsa sensación de seguridad. Confiar en una única presa, muro o encauzamiento, mantener usos vulnerables porque existe una obra defensiva o reconstruir una infraestructura exactamente como estaba sin revisar si su configuración sigue siendo adecuada. Una actuación puntual puede resolver un problema concreto, pero no necesariamente el funcionamiento del sistema completo.
Reconstruir pensando en el próximo episodio
La reconstrucción requiere distinguir entre recuperar los servicios afectados y corregir las condiciones que contribuyeron a la vulnerabilidad. Reparar una carretera, un puente o una red permite recuperar el funcionamiento, pero no garantiza que la infraestructura responda mejor ante un episodio futuro. Por ello, las obras de reposición ofrecen también la oportunidad de revisar, cuando los estudios técnicos lo justifiquen, los criterios de cálculo, las condiciones de drenaje y la localización de usos especialmente sensibles.
En este proceso será importante coordinar las actuaciones de las distintas administraciones y analizar el comportamiento del sistema en su conjunto. También habrá que tener en cuenta que muchas infraestructuras tienen una vida útil de varias décadas y que las condiciones climáticas durante ese periodo pueden diferir de las utilizadas para su diseño. Esto plantea la necesidad de revisar periódicamente las hipótesis de cálculo e incorporar nuevos datos y escenarios futuros.
Pero ¿y si hoy se repitiera un episodio de magnitud similar? Algunos sistemas de seguimiento y alerta podrían estar en mejores condiciones para detectar y comunicar determinadas situaciones. El SAIH, los avisos de Protección Civil y herramientas como ES-Alert podrían facilitar una transmisión más rápida de la información disponible. También es razonable pensar que la experiencia de 2024 ha modificado la percepción del riesgo tanto en la población como en las administraciones. Sin embargo, una alerta más temprana no implica necesariamente que los resultados sean completamente distintos: su eficacia dependería de la anticipación disponible, de la precisión de la información y de la capacidad de la población y de los servicios de emergencia para actuar.
Lo que difícilmente habría cambiado en este tiempo es la configuración física del territorio. Las grandes actuaciones hidráulicas, las modificaciones de infraestructuras y los cambios en la ordenación urbana requieren años de estudios, proyectos, tramitación y ejecución. Aunque algunas actuaciones ya estén en marcha, la llanura de inundación de l’Horta Sud mantiene una elevada exposición y determinadas soluciones siguen siendo provisionales o están todavía en ejecución.
La experiencia de la DANA muestra, en definitiva, que mejorar la respuesta ante una emergencia es solo una parte de la reducción del riesgo. La otra pasa por actuar sobre las condiciones físicas y territoriales que determinan sus consecuencias. El reto no es evitar que vuelva a producirse un episodio extremo, sino conseguir que, cuando ocurra, encuentre un territorio menos vulnerable y unas infraestructuras capaces de responder y recuperarse mejor.
Ha colaborado en este artículo…

Víctor Yepes es Doctor Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos y Catedrático de la Universitat Politècnica de València (UPV), donde investiga y enseña sobre ingeniería civil, construcción y gestión de infraestructuras. Es investigador del Instituto de Ciencia y Tecnología del Hormigón (ICITECH) y cuenta con más de 200 artículos científicos indexados en el JCR. Su trayectoria combina la investigación, la docencia y la experiencia profesional en los ámbitos público y privado.
En su blog de la UPV aborda la ingeniería civil y la gestión de infraestructuras desde una perspectiva divulgativa, y ha dedicado varios artículos a analizar las causas, consecuencias y lecciones de la DANA de 2024.



