Gonzalo Sanz Segovia | 03/02/2026
Cuando se habla de cambio climático, es inevitable pensar en el dióxido de carbono, el metano u otros gases que atrapan energía en la atmósfera. Sin embargo, existe otra familia de partículas, minúsculas y volátiles, que tuvo gran protagonismo hace décadas: los aerosoles.
Estas diminutas partículas —sólidas o líquidas— permanecen suspendidas en el aire y pueden tener origen natural o humano. Se producen en incendios, erupciones volcánicas o por la acción del mar, pero también a través de actividades humanas como el uso de espráis, la combustión de materiales fósiles o determinados procesos industriales. Su papel en el clima es complejo, poderoso y, al mismo tiempo, muy incierto.
Los aerosoles influyen en el balance energético de la Tierra por dos vías principales:
Efecto directo: las partículas pueden reflejar la luz solar hacia el espacio provocando un enfriamiento o, justo al revés, absorberla generando un calentamiento, dependiendo de su composición. Por ejemplo, el sulfato refleja la luz, mientras que el carbono negro la absorbe.
Efecto indirecto: los aerosoles actúan como núcleos de condensación. Esto significa que, al aumentar el número de gotas en una nube, tienden a ser más pequeñas, componiendo una nube más brillante y duradera y, a la vez, aumentando la reflexión de radiación solar con efecto de enfriamiento. Pero esto también puede alterar las precipitaciones con consecuencias impredecibles. Son precisamente estas interacciones las que más incertidumbre generan en la estimación del efecto climático humano.
La “máscara” del calentamiento
Mientras los gases de efecto invernadero producen un calentamiento directo y bien cuantificado, los aerosoles suelen enmascarar parte de ese calentamiento y modificar los patrones regionales de temperatura y precipitación. La magnitud de esa “máscara” sigue siendo una de las grandes incógnitas de la ciencia climática, a pesar de los estudios del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), o de la World Meteorogical Organization (WMO).
Qué sabemos y qué no
Hay algunos aspectos bien establecidos. Sabemos que la actividad humana ha incrementado la concentración de ciertos tipos de aerosoles —industriales o de combustión— que, en conjunto, han producido un efecto de enfriamiento que ha compensado parcialmente el calentamiento causado por los gases de efecto invernadero en las últimas décadas.
Asimismo, algunos aerosoles naturales, como los procedentes del polvo del desierto o de ceniza volcánica, también afectan a la radiación y a los ecosistemas a diferentes escalas. Las tormentas de polvo del Sáhara, por ejemplo, alcanzan el océano Atlántico transportando nutrientes y partículas que impactan en la atmósfera como en los ecosistemas marinos.
Sin embargo, persisten grandes incertidumbres. Una de las principales es cuánto calentamiento oculto saldrá a la luz una vez que se reduzcan las emisiones de aerosoles. Mejorar la calidad del aire limpiará la atmósfera, pero podría revelar un calentamiento hasta ahora parcialmente contenido. La magnitud y la velocidad de este efecto son difíciles de prever, como advierte la European Geosciences Union.
La investigación actual
En la actualidad se desarrollan múltiples observaciones, experimentos y modelos para estudiar los aerosoles y su interacción con el sistema climático. En España, Barcelona Supercomputing Center (BSC) ha impulsado un programa muy avanzado para analizar estas partículas y su papel en la atmósfera. A escala global, diversas instituciones coordinan iniciativas complementarias:
- Satélites: misiones como MODIS, CALIPSO o el programa Copernicus de la Unión Europea ofrecen mapas globales de concentración, tamaño y perfiles verticales de aerosoles.
- Redes de observación en tierra: la red de fotómetros AERONET mide con gran precisión la columna de aerosoles, validando las observaciones satelitales y alimentando modelos.
- Campañas con aviones: proyectos con aeronaves de investigación o laboratorios de campo evalúan procesos físicos y químicos esenciales para comprender las interacciones aerosol-nube.
- Modelos climáticos: la comparación y asimilación de datos ayuda a reducir la incertidumbre, aunque los resultados aún varían según cómo se representen las interacciones entre aerosoles y nubes.
Para disminuir esas incertidumbres, se promueve una observación global más integrada, combinando redes satelitales y terrestres, mejorando algoritmos y estandarizando mediciones. Una iniciativa destacada es la Cooperativa Internacional para la Predicción de los Aerosoles (ICAP), un foro que reúne a centros de pronóstico, proveedores de datos de teledetección y desarrolladores de sistemas líderes, con el objetivo de compartir buenas prácticas y abordar los desafíos más urgentes.
También se están lanzando campañas de campo específicas para estudiar los procesos aerosol-nube en distintas regiones, así como modelos acoplados que incorporan observaciones para diagnosticar y reducir sesgos en la representación climática. Aunque las publicaciones científicas apuntan a avances significativos, las incertidumbres siguen lejos de resolverse por completo.
Entre la salud y el clima
En definitiva, los aerosoles plantean una tensión científica y política: reducirlos mejora la salud y protege los ecosistemas, pero al mismo tiempo pueden acelerar un calentamiento previamente amortiguado por su efecto de enfriamiento.
Según las conclusiones del IPCC y la Organización Mundial de la Salud —que ya en 2021 emitió una guía con los límites recomendados para las partículas de aerosoles—, la solución no pasa por retrasar la mejora de la calidad del aire, sino por acompañarla con reducciones rápidas y profundas de gases de efecto invernadero, reforzando la observación y la investigación para anticipar y gestionar los efectos climáticos regionales. Porque la fragilidad del sistema climático exige políticas integradas: un aire más limpio, menos carbono y, por supuesto, más ciencia.



