03/03/2026
En ocasiones, la inmediatez de las noticias y la urgencia por contarlas provocan que, tras el impacto inicial, quede una sucesión inconexa de datos y opiniones. En esta ocasión, queremos detenernos, tomar distancia y analizar con perspectiva una serie de acontecimientos que generaron un gran ruido mediático.
En este artículo, abordaremos los incendios que afectaron a España en 2025 con la voz de un experto en la materia: Ignacio Pérez-Soba, Doctor Ingeniero de Montes y decano del Colegio Oficial de Ingenieros de Montes en Aragón.
¿Está España cada vez peor? Lo que dicen los datos
El problema de los incendios en España no es singular. Forma parte de un fenómeno global que afecta a casi todos los ecosistemas del planeta. En el ámbito mediterráneo, aunque somos el segundo país en cifras absolutas de superficie quemada, ocupamos el séptimo lugar en términos relativos por superficie forestal: tienen datos peores países como Portugal, Argelia o Italia.
España cuenta con una de las mejores bases estadísticas del mundo en materia de incendios forestales: la Estadística General de Incendios Forestales (EGIF), con datos parciales desde 1955 y completos desde 1968. El análisis de estas series revela conclusiones claras que contradicen muchos tópicos extendidos. El número de incendios disminuye desde 2006 y se estabiliza desde 2012 en torno a 12.000 anuales, menos de la mitad de los más de 25.000 registrados en 1995 y 2005. La superficie total quemada sigue una tendencia similar: desde 1994 se observa un descenso sostenido, con una media de 118.000 hectáreas entre 2001 y 2025, muy lejos de las más de 400.000 hectáreas quemadas en años críticos como 1978, 1985, 1989 o 1994. También la superficie media por incendio ha caído de 30–40 hectáreas a unas 10 actuales. Asimismo, los grandes incendios forestales (GIF) han pasado de 162 en 1985 a una media de unos 30 al año; incluso en 2025, un año especialmente malo, se registraron 63, casi la mitad del máximo histórico.
No obstante, un indicador evoluciona negativamente: los GIF son cada vez más grandes, pasando de una media de 1.113 hectáreas en 1978 a casi 2.200 en 2023. Este es el más preocupante aspecto del problema, y el que exige una solución nueva.
Motivos climáticos, territoriales y operativos para que haya menos incendios, pero más grandes
Desde el punto de vista climático, llama la atención que los indicadores principales han ido a mejor en España a pesar del aumento de la temperatura media; esto se debe a que en las últimas décadas han mejorado mucho los sistemas de extinción. Pero el cambio climático genera crecientemente nuevas situaciones de peligro extremo que superan estos sistemas: se ha incrementado la frecuencia de situaciones meteorológicas críticas (los “patrones sinópticos adversos”); y en muchos grandes incendios ya no existe la llamada “ventana nocturna”, porque las temperaturas se mantienen elevadas durante las 24 horas y no se puede aprovechar la noche para frenar el fuego. Estas situaciones afectan a grandes áreas, favoreciendo la existencia de múltiples incendios simultáneos que estresan los sistemas de emergencia.
En el ámbito territorial, es grave el problema que se deriva de la proliferación de áreas urbanizadas en contacto directo con el monte, porque incrementan el riesgo de ignición y dificultan la extinción. También suele subrayarse la influencia de la despoblación rural, aunque quiero insistir en que el factor decisivo no es la despoblación en sí, sino la desvinculación entre la sociedad y la gestión forestal. Provincias muy despobladas, pero que han sabido mantener una tradición de gestión forestal activa, presentan mejores indicadores de incendios que otras zonas más pobladas, y son un ejemplo a seguir.
En cuanto a los factores operativos, hay que destacar la “paradoja de la extinción”: el éxito de los sistemas actuales ha reducido el número total de incendios, pero ha favorecido que los pocos que escapan al control inicial se hagan grandes. La inversión se ha centrado masivamente en la extinción, detrayendo fondos de la gestión forestal, sin darse cuenta de que el ámbito que queda desatendido es el estratégico para controlar el fenómeno. La utilidad marginal de añadir más medios de extinción es ya casi nula, porque los medios actuales funcionan bien ante incendios normales, pero se ven superados por los GIF en condiciones extremas.
“El éxito de los sistemas actuales ha reducido el número total de incendios, pero ha favorecido que los pocos que escapan al control inicial se hagan grandes”
Coordinación transfronteriza y medios de extinción
La gestión de los incendios forestales transfronterizos presenta una complejidad añadida, ya que obliga a coordinar esfuerzos políticos, operativos y técnicos entre territorios que a menudo cuentan con marcos legales, capacidades y prioridades distintas. En el ámbito internacional, la Unión Europea ha construido un sistema sólido para responder a emergencias que superan la capacidad de un solo Estado.
Dentro de España coexisten 18 sistemas de extinción diferentes (el Estado y las 17 Comunidades Autónomas), lo que demanda un esfuerzo de coordinación. El Ministerio competente en medio ambiente, que hoy es el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (MITECO) ha desempeñado históricamente un papel clave como órgano de enlace y apoyo, tanto a través del Comité de Lucha contra Incendios Forestales como de su Área de Defensa contra Incendios Forestales. La coordinación entre administraciones, aunque mejorable en aspectos como la interoperabilidad, no es, a mi juicio, uno de los puntos más débiles del sistema español.
Donde creo que hay más margen de mejora es en la coordinación, en el ámbito de la prevención, entre la administración forestal y las demás: urbanismo y ordenación del territorio, agricultura y ganadería, carreteras, ferrocarriles, industria, turismo, etc. La administración forestal no puede resolver por sí sola un fenómeno que a menudo se origina o impacta en sectores regulados por otras legislaciones. Cada Administración territorial ha de mejorar su propia coordinación interna, produciendo políticas integrales de prevención y superando los planteamientos meramente sectoriales.
España cuenta con dispositivos de extinción altamente profesionalizados, que aunque dependen de las Comunidades Autónomas, cuentan con apoyos cualificados de la Administración del Estado: el MITECO aporta las BRIF y los aviones Canadair pilotados por el 43 Grupo del Ejército del Aire; y el Ministerio de Defensa, la UME. Todas las Comunidades Autónomas disponen de cuadrillas terrestres y helitransportadas, maquinaria pesada, vehículos cisterna y motobombas, y una flota aérea de aviones ligeros y helicópteros equipados con “helibalde” o “bambi bucket”, así como medios de coordinación y vigilancia. Tienen también centros de mando y análisis con herramientas de modelización que facilitan decisiones tácticas en tiempo real. En conjunto, España ha construido un dispositivo notable, fruto de décadas de experiencia, y que ha logrado avances innegables.
No obstante, en mi opinión, la inversión en medios de extinción ha crecido tanto que la utilidad marginal de aumentarla se acerca a cero; añadir más medios solo sería útil para ventanas de tiempo muy cortas. El sistema no requiere necesariamente “más” medios, sino “mejor adaptados a la realidad actual”. En ese sentido, es de lamentar la carencia de sistemas estables y organizados para evaluar las estrategias y tácticas empleadas en la extinción, y para medir la eficiencia del gasto.
La prevención: gestionar el monte, no “limpiarlo”
Desde la perspectiva de la ingeniería de montes, la expresión “limpiar el monte” es simplista y técnicamente imprecisa. Un monte está sucio si tiene basura; no lo está si tiene mucha vegetación forestal, porque ésta no es sólo combustible, sino también un elemento clave del ecosistema forestal.
Por eso, ha de aplicarse una selvicultura multifuncional, que module la estructura de la vegetación y haga que su respuesta frente al fuego sea menos peligrosa. En particular, son vitales las llamadas “cortas de mejora”, en las que se cortan los árboles de menor vitalidad, respetando los mejores. Así disminuye la cantidad de combustible y la probabilidad de que el fuego suba a las copas, se mejora el estado sanitario de la masa, y se favorece la madurez y resiliencia del ecosistema.
El verdadero reto: territorio, economía y sociedad
En España se está expandiendo la vegetación forestal. Según los datos de los Inventarios Forestales Nacionales, entre 1965 y 2008 la superficie arbolada creció en España casi un 58 %. Esto confirma que, a pesar de los incendios, España no se deforesta, debido a la capacidad de autorrecuperación de los ecosistemas y al trabajo de restauración desarrollado por las Administraciones Forestales.
Esta forestación es una muy buena noticia, pero debe ser gestionada. Y la mejor manera es que exista una actividad económica estable ligada al monte, desde la gestión maderera hasta el aprovechamiento de setas o el pastoreo extensivo. Entonces, el paisaje deja de ser un espacio abandonado para convertirse en un sistema vivo, dinámico y cuidado. Allí donde hay manos, conocimiento y actividad económica, los incendios tienden a ser más pequeños, más lentos y más fáciles de atacar. Por eso invertir en ingeniería de montes es estratégico para España. Un sector forestal fuerte, activo y estructurado es el marco adecuado en el cual situar la solución al problema de los incendios forestales.
Concienciación y cultura: clave para el futuro
La población urbana, que representa la inmensa mayoría en España, desconoce casi por completo las ciencias forestales, y tiene una imagen idealizada e irreal del medio rural: ve el monte como un espacio estático o “virgen” que no debe tocarse, y percibe cualquier corta de madera como una agresión a la naturaleza. Nada más lejos de la realidad: si no intervenimos en los montes mediante una gestión ordenada, sufrirán perturbaciones violentas, y en particular incendios. Las cortas de madera bien planificadas y realizadas imitan los procesos naturales de muerte del arbolado, mejoran el ecosistema, evitan esas perturbaciones y además nos dan un producto natural renovable.
Por eso, y paradójicamente, cuando la sociedad urbana intenta “salvar” los árboles, acaba creando masas más vulnerables a los incendios y al cambio climático. Más allá de la educación ambiental genérica, es necesaria y urgente una educación forestal específica para que la población urbana comprenda y apoye la gestión forestal sostenible. España es un país muy forestal, pero su población necesita mucha más cultura forestal.
Igualmente, el papel de los medios de comunicación y las redes sociales es muy importante, y desgraciadamente no siempre positivo. En este verano de 2025 la información dada por muchos medios y redes ha sido alarmista y llena de tópicos simplistas y de explicaciones conspiranoicas, como las que culpan de los incendios intencionados a la urbanización, la minería, la industria maderera o las energías renovables. Todo rotundamente falso, como está demostrado por décadas de investigaciones.
“Cuando la sociedad urbana intenta “salvar” los árboles, acaba creando masas más vulnerables a los incendios y al cambio climático”
Quiero también insistir en que una parte fundamental de la prevención es actuar sobre las motivaciones de los incendios con causa humana, que son la mayoría. Sin una llama inicial —sea por intencionalidad, negligencia o accidente— no hay incendio. Dado que casi el 70% de los incendios intencionados responden a motivaciones rurales arraigadas, específicamente a la quema agrícola ilegal y a la regeneración de pastos, la estrategia más eficaz es la prevención social. Es posible reducir la siniestralidad combinando el cambio cultural y la revalorización del monte con la persecución del delito y el control de actividades negligentes.
Por último, es muy importante crear una cultura de la autoprotección frente a los incendios forestales, especialmente en la interfaz urbano‑forestal. La preparación de la ciudadanía es un factor decisivo para reducir riesgos y evitar tragedias. El fuego forma parte del territorio mediterráneo y convivir con él exige hábitos y medidas preventivas, y un perfecto conocimiento de qué hacer (y, aún más, que no hacer de ningún modo) en caso de emergencia por incendio forestal. La población ha de estar informada, organizada y comprometida.
Ha colaborado en este artículo…
Ignacio Pérez-Soba es Doctor Ingeniero de Montes por la Universidad Politécnica de Madrid, con premio nacional fin de carrera y una sólida trayectoria técnica y académica en el ámbito forestal. Ingresó con el número uno en el Cuerpo de Ingenieros de Montes del Gobierno de Aragón en 1997 y ha desarrollado una amplia experiencia en gestión forestal pública, defensa de la propiedad de montes de utilidad pública, planificación, restauración hidrológico-forestal y dirección de extinción de incendios, participando durante más de dos décadas en campañas autonómicas.Ha dirigido proyectos de repoblación, ordenación y mejora selvícola en miles de hectáreas, ha sido jefe de sección en distintas áreas técnicas y actualmente es Director del Servicio Provincial de Medio Ambiente y Turismo de Zaragoza. Autor de numerosos libros y artículos especializados en ciencias forestales, es además Académico de Número de la Real Academia de Ciencias de Zaragoza y, desde 2002, Decano en Aragón del Colegio Oficial de Ingenieros de Montes, cargo para el que ha sido reelegido en sucesivas ocasiones, lo que respalda su autoridad profesional y su liderazgo en el sector forestal.



