Cristina Leon Vera | 12/02/2026
Quito, ciudad de altura, quebradas e historia, se extiende a 2.850 metros sobre el nivel del mar, en plena cordillera de los Andes. Circundada por volcanes y cerros, la capital ecuatoriana es Patrimonio Cultural de la Humanidad, crisol de herencias, aspiraciones y también de desafíos.
Con casi 2,9 millones de habitantes, el Distrito Metropolitano de Quito no solo es el centro político y administrativo del país, sino también un nudo estratégico en el corazón de la región andina. Sin embargo, su crecimiento urbano, a menudo más veloz que su planificación, ha acentuado su vulnerabilidad frente a los desastres naturales, la inseguridad ciudadana y una geografía tan majestuosa como compleja. Todo ello exige estrategias integradas para una gestión del riesgo que ya no puede posponerse.
Seguridad urbana, una amenaza en aumento
En los últimos años, Ecuador ha atravesado una grave crisis de seguridad vinculada al narcotráfico. Aunque los focos más agudos se concentran en la costa, la capital no ha quedado al margen. Quito ha visto crecer los delitos como robos, extorsiones y asaltos, incluso en zonas residenciales y turísticas.
La seguridad ciudadana en Quito es abordada desde estrategias paralelas, como los Programas de Seguridad y Convivencia Pacífica promovidos por el Municipio o el Plan Nacional de Seguridad Ciudadana y Convivencia Social Pacífica, impulsado por el Ministerio del Interior. Ambos instrumentos incluyen acciones como la instalación de sistemas de videovigilancia, el fortalecimiento de la Policía Comunitaria, programas de prevención del delito en entornos escolares y campañas de cultura ciudadana. También se promueven espacios de diálogo y mediación comunitaria en barrios con alta conflictividad, con el objetivo de reducir tensiones sociales y fomentar la corresponsabilidad en la seguridad.
Cuando la lluvia desborda la montaña
Fundada en 1534 sobre los cimientos de la antigua Quitu, la capital ha convivido siempre con la montaña. Pero en los últimos años, las lluvias se han vuelto más erráticas, intensas y difíciles de predecir.
En la memoria colectiva permanece aún el aluvión de enero de 2022, que afectó a las quebradas El Tejado, La Gasca y La Comuna. La fuerza del agua, potenciada por la deforestación de las laderas y una lluvia 37 veces más intensa de lo previsto, causó la muerte de al menos 28 personas y arrastró toneladas de lodo, piedras y escombros a zonas habitadas.
El primer cuatrimestre de 2025 ha sido uno de los más lluviosos de la historia reciente. Quito ha recibido unos 299 milímetros por encima del promedio, duplicando los récords históricos en algunas estaciones pluviales. Ese exceso, acompañado de lo abrupto del terreno, ha derivado en 627 emergencias –inundaciones, movimientos de masa, colapsos estructurales– en barrios vulnerables.
En respuesta, Quito ha implementado el Plan de Eventos Climáticos, una estrategia operativa de prevención activa que monitorea lluvias extremas, realiza limpieza de sumideros y quebradas e identifica zonas críticas. Más de 300 barrios han sido clasificados como de alto riesgo debido a drenaje deficiente o susceptibilidad a deslizamientos.
A mayor escala, el recién aprobado Plan de Acción Climática de Quito 2025 (PACQ 2025) articula 79 acciones orientadas a la adaptación y resiliencia ante eventos climáticos, y promueve soluciones basadas en la naturaleza, como la reforestación de laderas estratégicas.
El cambio climático ya no es una posibilidad lejana, sino una amenaza actual que afecta a la infraestructura, incrementa el riesgo de desbordamientos en quebradas y desafía la capacidad de respuesta de la ciudad.
El avance del fuego en tiempos de sequía
La estación seca tampoco ofrece tregua. En septiembre de 2024, Quito vivió la peor temporada de incendios forestales registrada en 30 años. Enfrentó simultáneamente 27 focos activos, en sectores como Guápulo, el cerro Auqui y zonas cercanas al centro histórico. El fuego consumió al menos 146 hectáreas, afectó viviendas, dejó siete personas heridas y obligó a las autoridades a decretar el estado de emergencia.
A lo largo de ese mismo año, se reportaron 340 incendios forestales, con más de 2.270 hectáreas destruidas y pérdidas estimadas en 20 millones de dólares. El 99% tuvo causas humanas: quemas agrícolas, fogatas, eliminación de basura y negligencia durante excursiones.
Ante esta realidad, y frente a la creciente frecuencia e intensidad de estos eventos, la ciudad ha respondido con una estrategia más robusta. El Plan Metropolitano de Gestión Integral del Riesgo de Desastres (PMGIRD) contempla la creación de cinturones verdes, la mejora de accesos para maquinaria y la reubicación progresiva de asentamientos en zonas de riesgo. En paralelo, se han fortalecido las brigadas temporales, los patrullajes forestales, el uso de cámaras de vigilancia y la educación ambiental.
Más de 1.200 capacitaciones comunitarias se han realizado en iglesias, escuelas y barrios periféricos. Y los datos del Cuerpo de Bomberos confirman una tendencia positiva, en 2025, el número de incendios ha disminuido significativamente respecto a años anteriores.
Tierra que tiembla, volcán que observa
Los desastres provocados por la naturaleza no se limitan al fuego y el agua. La historia sísmica de Quito se remonta a tiempos coloniales. Sacudidas como las de los siglos XVII y XVIII obligaron a reformular estilos arquitectónicos y reforzar cimientos.
La Falla de Quito, un sistema geológico subterráneo, genera enjambres sísmicos de baja magnitud, pero recurrentes. A esto se suma la presencia del volcán Pichincha, que se alza al oeste de la ciudad, aunque con actividad actualmente moderada, permanece en constante vigilancia desde su última erupción significativa en 1999 por el Instituto Geofísico de la Escuela Politécnica Nacional, como parte del sistema nacional de alerta volcánica.
Ante estos riesgos, el Plan Nacional para la Reducción de Riesgos y la Ley de Gestión Integral del Riesgo de Desastres establecen líneas de acción para la preparación ante amenazas geológicas: reforzamiento estructural de edificaciones patrimoniales, simulacros de evacuación, capacitación de autoridades educativas y actualización constante de mapas de riesgo. En Quito, estas acciones se implementan con el apoyo del Servicio Nacional de Gestión de Riesgos y Emergencias (SNGRE) y en coordinación con el Gobierno Metropolitano.
La resiliencia empieza en el barrio
Más allá de los planes nacionales, son los barrios quienes dan cuerpo a la resiliencia. Comités comunitarios en sectores como San Lorenzo, Osorio o Pambachupa llevan años impulsando redes vecinales de alerta, brigadas locales, talleres sobre prevención y protocolos de evacuación familiar.
Las escuelas se han convertido en centros de educación sobre el riesgo. Estudiantes, docentes y familias participan en simulacros, aprenden a identificar amenazas y organizan rutas de retorno seguro.
La gestión del riesgo en Quito se articula así entre la planificación urbana, la movilización ciudadana y la integración institucional. El desafío es enorme; una ciudad densamente poblada, con infraestructura en constante tensión y múltiples amenazas naturales y sociales. Pero también lo son las respuestas, cada vez más organizadas, transversales y conscientes de que la resiliencia no se improvisa, se construye.



