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Ciberseguridad: retos en la evaluación y gestión de riesgos

15/09/2026

La ciberseguridad se ha convertido en un riesgo estratégico para empresas e instituciones. La inteligencia artificial, la dependencia tecnológica y la evolución de las amenazas obligan a replantear la gestión del riesgo digital y avanzar hacia modelos de resiliencia continua.

Todos los sectores están atravesando una aceleración tecnológica sin precedentes, que está transformando la forma en la que empresas y administraciones e infraestructuras críticas operan. Este hito histórico también ha ampliado la superficie de riesgo que marca su vulnerabilidad. En un entorno marcado por la inteligencia artificial, la interconexión global y la dependencia de proveedores tecnológicos, la ciberseguridad ha dejado de ser una cuestión exclusivamente técnica para convertirse en un elemento de resiliencia empresarial y seguridad nacional.

“La digitalización ha sido muy rápida y la seguridad no ha ido al mismo ritmo. Cuanto más dependemos de sistemas digitales para operar, más impacto tiene cualquier fallo o ataque”, explica Mar López, CEO de Sofistic y experta en el ámbito de la ciberseguridad. Los datos reflejan esta tendencia. Los incidentes aumentan en volumen, pero también en complejidad y gravedad. La combinación de nuevas capacidades ofensivas, la profesionalización del cibercrimen y el uso de inteligencia artificial por parte de los atacantes está complicando la exposición a amenazas. “El crecimiento es real y sostenido, pero lo relevante no es solo el volumen, sino que aumentan los casos de severidad alta”, señala López.

La principal dificultad no está únicamente en el número de ataques, sino en su capacidad para interrumpir operaciones críticas. “La diferencia entre un incidente gestionado y una crisis empresarial puede medirse en horas de inactividad, pérdida de confianza de clientes, impacto reputacional, entre otros factores”, asegura.

Un riesgo difícil de modelizar

La cambiante naturaleza del riesgo cibernético lo convierte en uno de los más complejos de evaluar y cuantificar. Frente a otros riesgos tradicionales “no contamos con décadas de datos estables. El histórico es corto, fragmentado y se queda obsoleto desde el momento en que se genera”. Además, los actores de amenaza operan casi en tiempo real, lo que hace que los sistemas de detección basados en patrones conocidos queden rápidamente obsoletos.

El atacante actual ya no depende únicamente de grandes debilidades. “Ya no buscan una gran brecha obvia, sino que encadenan pequeñas vulnerabilidades que por separado pueden parecer inofensivas pero combinadas pueden desencadenar un incidente grave”, explica. A esta complejidad se suma la velocidad. “Entre la aparición de una vulnerabilidad y su explotación el tiempo se ha reducido de manera radical, eliminando los márgenes que los modelos tradicionales permitían”, señala.

Por ello, la ciberseguridad requiere abandonar los modelos estáticos y avanzar hacia una gestión dinámica del riesgo. “No puede gestionarse únicamente con modelos cuantitativos estáticos. Requiere un enfoque basado en riesgo dinámico, con capacidad de monitorización continua, inteligencia de amenazas en tiempo real y visibilidad permanente sobre la propia superficie de exposición”, añade.

La dependencia tecnológica y el riesgo sistémico

La concentración en grandes proveedores tecnológicos hace que las organizaciones ya no dependan solo de sus propios sistemas, sino también de una extensa red de proveedores, plataformas y servicios, de modo que un incidente localizado pueda convertirse en un evento sistémico. “Cuanto mayor es la dependencia, mayor es el impacto cuando falla, ya sea por un ataque, por un error humano o por una simple actualización que no se ha hecho correctamente”, advierte la experta. Además, un mismo evento puede afectar simultáneamente a miles de organizaciones, muchas de ellas sin conocer hasta qué punto forman parte de esa misma cadena de dependencia.

“La superficie de riesgo ya no es solo la organización sino el ecosistema completo en el que opera”, destaca la CEO de Sofistic. Esta realidad obliga a replantear los modelos tradicionales de evaluación, incorporando una visión más amplia sobre terceros, proveedores críticos y concentración tecnológica. Además, las amenazas ya no se limitan a robos de datos. “Son tan solo una parte, e incluso pueden considerarse como algo puntual o una parte de un ataque más grande, donde se quieren usar esos datos para hacer extorsión, acceso a material de propiedad intelectual, etc.”, explica López.

Uno de los riesgos más relevantes es la interrupción operativa. Un ataque de ransomware o una intrusión pueden paralizar sistemas esenciales sin necesidad de extraer información. En sectores como la energía, la sanidad o la logística, el impacto económico y social puede ser inmediato. Otro vector emergente es la suplantación de identidad, agravada con el uso de inteligencia artificial. “Esto no es una mejora del fraude convencional, es la falta de credibilidad del proceso de verificación humana como control interno”, señala, haciendo referencia al avance de la tecnología deepfake y la clonación de voz.

Infraestructuras críticas y ciberseguridad de Estado

Las infraestructuras críticas se han convertido en uno de los objetivos prioritarios de los ciberataques, y podrían suponer la interrupción de servicios esenciales como la energía, el transporte o las comunicaciones. “No son simplemente un objetivo más dentro del ecosistema de amenazas, sino que a mi parecer son el blanco más codiciado por algunos atacantes”, afirma López. La amenaza no procede únicamente del cibercrimen con motivación económica. También existen actores estatales y grupos vinculados a conflictos geopolíticos que buscan posicionarse dentro de redes estratégicas para generar capacidad de presión o desestabilización.

“La imagen pública del riesgo es siempre inferior a la realidad”, explica. La creciente dependencia de la tecnología ha situado la ciberseguridad en el ámbito de la seguridad nacional. “Yo trabajé nueve años en el Departamento de Seguridad Nacional, coordinando la Estrategia Nacional de Ciberseguridad, y ya entonces era evidente que el ciberespacio se había convertido en un espacio de confrontación entre estados”, recuerda. Para la experta, el cambio más relevante es que la ciberseguridad ha dejado de entenderse como una responsabilidad exclusiva de los departamentos técnicos. “Es una dimensión de la seguridad nacional, no solo un asunto tecnológico”.

Inteligencia artificial y resiliencia digital

La IA está transformando tanto las capacidades ofensivas como las defensivas en ciberseguridad. Los atacantes la utilizan para automatizar campañas de phishing, desarrollar malware más sofisticado e identificar vulnerabilidades con mayor rapidez, mientras que las organizaciones pueden aprovecharla para reforzar la detección y respuesta frente a incidentes. “Está presente en todas partes, en el ataque y en la defensa, y quien la gestione mejor tiene ventaja”, advierte la experta.

Ante este escenario, López defiende que las organizaciones deben evolucionar desde un modelo basado únicamente en la prevención hacia una estrategia de resiliencia digital. Para ello considera esencial conocer los activos expuestos, preparar la respuesta ante incidentes y fortalecer el factor humano, ya que la ciberseguridad no puede seguir siendo una responsabilidad exclusiva de los departamentos técnicos, sino un elemento clave para garantizar la continuidad, la confianza y la competitividad.

 

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Mar López es CEO de Sofistic, compañía multinacional de ciberseguridad avanzada perteneciente a Cuatroochenta. Cuenta con más de dos décadas de experiencia en el ámbito de la ciberseguridad y ha liderado proyectos vinculados a la protección de intereses nacionales y la transformación digital del sector público. Entre 2012 y 2021 fue responsable de la Oficina de Ciberseguridad y Lucha contra la Desinformación del Departamento de Seguridad Nacional de la Presidencia del Gobierno de España. Posteriormente, como directora asociada en Accenture, dirigió programas de ciberseguridad para organismos públicos y el sector sanitario.

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