Cristina Leon Vera | 12/02/2026
Como alternativa a las baterías de Litio, estos sistemas de almacenamiento son más limpios, más seguros y mucho más duraderos; aunque, por el momento, son más costosos y menos eficientes, ya que requieren un espacio mayor para almacenar la misma energía.
España se sitúa a la cabeza de Europa en la producción y uso de energía renovables. Esta apuesta decidida por un modelo más sostenible conlleva también ciertos riesgos en el suministro, debido a las variaciones bruscas de tensión en energías como la eólica o la fotovoltaica, como quedó patente con el “gran apagón” del pasado 28 de abril. No obstante, una solución prometedora se perfila en el horizonte de las energías renovables: las baterías de flujo.
Las baterías de flujo son sistemas recargables que almacenan energía en electrolitos líquidos contenidos en tanques externos, a diferencia de las baterías tradicionales, que lo hacen con electrodos sólidos. Son perfectas para las renovables, ya que pueden almacenar grandes cantidades de energía, son duraderas —pueden sobrepasar los 10.000 ciclos de carga— y seguras —no son inflamables—. Una de sus principales características es que permiten separar la potencia de la capacidad de almacenamiento, haciendo que estos sistemas sean más flexibles y escalables. De manera que, si se necesita más potencia, se pueden atender picos de demanda montando más tanques en serie. Y si lo que se precisa es más capacidad de almacenamiento, se puede aumentar simplemente agrandando los tanques.
La característica común a todas las baterías de flujo es que los electrolitos son líquidos, pero dentro de las diferentes patentes —cuya primera versión se remonta a una creada por la NASA en los años 70— hay varios tipos según los materiales utilizados.
Tipos de baterías de flujo
Baterías de Flujo Redox de Vanadio (VRB)
Son las más utilizadas hasta ahora y emplean un metal pesado, el vanadio, en diferentes estados de oxidación en soluciones líquidas para almacenar y liberar energía.
Son muy eficientes, tienen una larga vida útil (20 años y más de 10.000 ciclos de carga) y son seguras, pero su coste inicial es más elevado. Se utilizan principalmente en aplicaciones de almacenamiento de energía a gran escala y para integrar fuentes de energía renovable, ya que confieren una capacidad prácticamente ilimitada y ofrecen estabilidad, así como control de potencia y voltaje.
Debido a sus costes, la escasez del vanadio y a motivos geopolíticos, ya que China y Rusia son los principales productores de este metal, muchas de las nuevas patentes se están desarrollando con otros materiales.
Baterías de Flujo de Zinc-Bromo (ZBB)
Emplean un sistema de electrolitos de zinc y bromo y son más económicas que las de vanadio, pero no ofrecen la misma durabilidad. Entre 2.000 y 3.000 ciclos de carga y unos 10 años.
Les sucede algo parecido a las baterías de flujo de polisulfuro de sodio/bromo (PBB) y a las de flujo de hierro-cromo (o hierro-hierro), que utilizan soluciones de materiales mucho más comunes como electrolitos, pero con un rendimiento inferior. Por ello, son mucho menos frecuentes.
Sin embargo, existen alternativas muy prometedoras aún en fase experimental: las baterías de flujo orgánicas, que utilizan compuestos orgánicos como la acetona y el amoníaco, en lugar de metales, para generar los electrolitos. El objetivo es que sean mucho más económicas y sostenibles. Esto supondría un gran avance, ya que se trata de materias primas que cualquier laboratorio del mundo podría producir fácilmente y a bajo coste.
China, Japón y Corea son los países que lideran el desarrollo de patentes, aunque China va muy por delante y ya cuenta con enormes plantas con baterías de flujo en funcionamiento. En España, estamos dando los primeros pasos en este terreno y el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) ya cuenta con algunas patentes y proyectos de baterías de flujo de vanadio. Incluso existe una planta fotovoltaica en Son Orlandis (Mallorca) que utiliza tecnología de flujo redox de vanadio, con una potencia de 1,1 MW y una capacidad de 5,5 MWh. Esta instalación representa una solución de almacenamiento segura y rentable a largo plazo, ya que tiene una vida útil casi infinita; y limpia, puesto que el vanadio es reciclable, no tóxico y reutilizable.
Una alternativa más que interesante
Es precisamente esa durabilidad la que convierte a estas baterías en una alternativa muy interesante. Administraciones públicas y empresas privadas así lo han percibido y avanzan en el desarrollo de una tecnología que puede ofrecer capacidad casi ilimitada, simplemente mediante el uso de tanques de almacenamiento más grandes; que puede permanecer completamente descargada durante largos períodos sin efectos nocivos; y que se puede recargar simplemente sustituyendo el electrolito si no hay una fuente de alimentación disponible. Además, es una tecnología muy segura, ya que, si los electrolitos se mezclan accidentalmente, la batería no sufre daños permanentes.
Frente a todas estas ventajas, el principal hándicap de la tecnología redox de vanadio (y de otros metales) es su relativamente baja densidad energética (proporción energía-volumen y peso), lo que limita sus aplicaciones prácticamente al ámbito industrial. También presenta cierta complejidad de montaje y mantenimiento en comparación con las baterías de almacenamiento estándar (ion-litio y plomo-ácido).
En el mercado energético, como en el bursátil, conviene diversificar y contar con una cartera lo más amplia posible, donde los diferentes componentes se complementen y aporten equilibrio a la demanda según las necesidades. En el caso de las baterías de flujo, parece que tendrán su lugar ideal en el almacenamiento y estabilización de las energías renovables intermitentes, como la eólica y la fotovoltaica, y la mayoría de los esfuerzos en investigación van precisamente en esa dirección.



